El racismo y la violencia contra la población no blanca en Estados Unidos no son una moda cultural desatada por el candidato republicano a la presidencia Donald Trump, sino una constante histórica que ha sido apoyada por diversas figuras públicas

En naciones como Estados Unidos existe una retórica populista muy intensa, pero también otros discursos —que son juzgados como positivos o negativos dependiendo de cómo se defina el bienestar de la nación en un momento dado. Hay un discurso popular que valida la tradición liberal de acoger a los inmigrantes que llegan a territorio norteamericano y considerarlos elementos positivos para el país. Pero, a la vez, existe un discurso conservador muy negativo hacia la migración, y especialmente dirigido a ciertos grupos raciales y étnicos, y a minorías con estilos de vida alternativos con el argumento de que todos ellos serían perjudiciales para el tejido social que se asume como homogéneo y armonioso. En otras palabras, aun cuando Estados Unidos se presenta a sí mismo como “un país de inmigrantes” caracterizado por la famosa premisa del melting pot, la realidad es que las actitudes y prácticas de la sociedad norteamericana han estado dominadas por la visión anglosajona (y sus prejuicios).

De acuerdo con esta visión del mundo, las minorías y los migrantes (particularmente aquellos de color) no encajarían como socios igualitarios, por lo que serían siempre considerados como de segunda clase y mantenidos como subordinados al orden dominante a través de leyes y prácticas. La explicación de tales opiniones y acciones discriminatorias involucra una mezcla de actitudes sociales, constructos ideológicos, prejuicios religiosos, ideologías de supremacía blanca y la creencia en un ideal de cultura, identidad y carácter nacionales identificado como blanco, anglosajón y protestante, que colectivamente ha forjado el American Way of Life y la esencia de lo que ha hecho de Estados Unidos la potencia mundial que ha sido desde el siglo pasado.

01-trump-01

Ilustraciones: Patricio Betteo

 

En Estados Unidos han existido una serie de actitudes peyorativas, convicciones y prácticas discriminatorias provenientes de épocas lejanas impuestas a México y a individuos de origen mexicano. Estos sentimientos han existido desde la época de la Colonia, a partir del primer contacto entre los cazadores de pieles y los primeros pobladores anglosajones, quienes los veían y representaban como ignorantes, crueles y como parte de un mestizaje despreciable. Estas actitudes se endurecieron considerablemente con la Rebelión de Texas y la batalla de El Álamo. Entonces, los anglosajones agregaron odio, venganza y deseos de conquista a los estereotipos y prejuicios raciales en contra de los mexicanos. El discurso que justificaba la invasión del territorio mexicano se encontraba lleno de dichos constructos negativos. Después de la guerra entre México y Estados Unidos de 1847, los casi 120 mil mexicanos que quedaron atrás en los territorios perdidos fueron el blanco del pensamiento y de las acciones xenofóbicos, que en muchas ocasiones llegaron a propiciar situaciones extremas como los linchamientos de 1850-1920, la matanza de mexicanos en Texas de 1915-1916, las repatriaciones durante la Gran Depresión (1930-1932), la “Operación Espaldas Mojadas” de 1954-1957 y las redadas que culminan en deportaciones en fábricas y vecindarios de inmigrantes en nuestros días.

La actual mexicanización/latinoamericanización de Estados Unidos ha traído consigo, como era de esperarse, a un coro vociferante de reacciones antimexicanas. Hoy el más famoso y también más extremo portavoz de esta visión es el candidato a la presidencia por el Partido Republicano, Donald Trump. Un jugador oportunista en un juego conocido, pero que aporta colores distintivos a su equipo. Trump surgió como un mensajero carismático y un hábil manipulador de un discurso de odio muy arraigado en su país. Su retórica antimexicana debe ser entendida como el eco de pasados señalamientos de intelectuales demagogos pero también de importantes sectores sociales. Este artículo abordará dichas cuestiones.

 

Las aseveraciones negativas dirigidas en la esfera pública a supuestos “criminales” de origen mexicano son especialmente peligrosas cuando se articulan frente a una audiencia compuesta de individuos con cierta habilidad, iniciativa, legitimidad y recursos. Estos sesgos pueden ser parte de una orquestación que las transforman en sentimientos de odio. Todo esto se acompaña con una agenda que contiene una serie de tácticas comprobadas, estrategias y metas previstas compartidas y, por supuesto, una racionalización legitimadora compuesta por argumentos circulares, estadísticas cuestionables y valores aborrecibles —pero conocidos y aceptados fácilmente.

En años recientes ciertas opiniones antiinmigrantes han sido un punto importante en los programas de diversas figuras públicas, innegablemente destacadas, ninguna de las cuales se ha postulado para un cargo público en 2016. Entre ellas se incluye a William Colby, director de la CIA (1970s); Samuel P. Huntington, director del Instituto Internacional para Estudios Estratégicos de la Universidad de Harvard (1980-1990s); y S. Jared Taylor, editor-fundador de la revista conservadora Renacimiento Americano y vocero principal del Consejo de Ciudadanos Conservadores, una organización nacional.

William Colby (durante una extensa entrevista sobre las actividades de la CIA y la evaluación de las amenazas a Estados Unidos en un mundo conflictivo) escogió un espacio de publicación ampliamente leído por hombres blancos de clase media, Playboy (julio de 1970), para diseminar sus opiniones. Para él el mundo era una amenaza y Estados Unidos se encontraba sitiado. Después de discutir una serie de temas pertinentes a la misión global de la CIA, Colby optó por hacer aseveraciones sobre la migración de mexicanos como su declaración final. La explicación de sus preocupaciones fue tajante. Se le preguntó desafiantemente: “¿Cuál es para usted la mayor amenaza para Estados Unidos hoy?”. Colby respondió a esta pregunta de manera directa: “La amenaza más obvia es el hecho de que existen 60 millones de mexicanos y que habrá 120 millones hacia el final del siglo… Hay siete u ocho millones de mexicanos que viven en los Estados Unidos hoy… No hay manera de que podamos evitar que 20 millones de ellos vivan en este país”. Enseguida comentó como “nota al margen” que no habrían suficientes “balas” para detenerlos. O sea que su comentario indicaría que hay opciones para detener o revertir esta “amenaza”. Con posterioridad, el director Colby abundó: “o podemos establecer una buena relación con esta gente y ayudarlos con el desarrollo de su país”. Colby habló de “balas” y “desarrollo”, pero curiosamente no ofreció las urnas como una opción. En su libro de 1978, Honorable Men, discute sus enfoques de política  interna e internacional. Agente de la CIA de carrera, y católico devoto, Colby se consideró siempre liberal y solía señalar con orgullo que su madre participó en la política democrática irlandesa y que su padre, con una carrera en las fuerzas armadas y en la docencia universitaria, fue un abogado que litigo en favor de los derechos civiles de los afroamericanos.

En contraste con el firme pseudorrealismo de Colby, el destacado académico Samuel P. Huntington defiende un método distinto en cuanto al tema de los mexicanos. En apariencia un modesto profesor de ciencia política, Huntington gozaba de un estatus de celebridad como aclamado intelectual en Washington D.C. y profesor emérito en Harvard. Además se desempeñó como director de planificación de seguridad del Consejo de Seguridad de los Estados Unidos, presidente de la Asociación Americana de Ciencia Política, cofundador y editor de Foreign Policy y colaborador de Foreign Affairs —ambas publicaciones líderes en su ramo. Sus tres obras principales, Political Order (1968), The Clash of Civilizations (1996) y Who Are We? (2004) son consideradas como excepcionales por sus seguidores en los departamentos de ciencia política. De manera insospechada Huntington y su esposa fueron activistas en favor de Adlai Stevenson durante su candidatura a la presidencia de Estados Unidos (el cual era considerado un político liberal). Aunque electoralmente se identificaba como demócrata, Huntington fue un destacado asesor en materia de política interna durante décadas tanto en administraciones demócratas como republicanas de Estados Unidos.

Con el tiempo la voz de Huntington irrumpió en lo que para él representaba un círculo menor: los participantes en la discusión sobre políticas migratorias. La polémica que desató en Foreign Policy (marzo-abril, 2004) propició un viento gélido en lugar de un apoyo caluroso para todos los que en dicho circulo defendían los derechos de los migrantes. De manera tan tajante como Colby, Huntington expresó una opinión abiertamente negativa acerca de las consecuencias internas de la migración “hispana” en Estados Unidos. Por “hispanos” se refirió puntualmente a “mexicanos, centroamericanos y caribeños”. Huntington propagó deliberadamente —y con éxito— sus opiniones a través de diversos medios.

Ni a Colby, ni a Huntington, ni a aquellos que siguieron sus pasos en círculos análogos a los suyos, les importaron sus críticos; es más, los han ignorado. Desde su punto de vista esos prosaicos académicos no representaron ningún reto para sus tesis centrales; aunque en tono condescendiente usualmente adornaban sus respuestas con frases del tipo: “llevémonos bien todos”.

Las opiniones de Huntington no son las de un observador ocasional que publica en la sección de opinión de un periódico; sus recomendaciones en cuanto a inmigración se asemejan de forma muy cercana a aquellas de algunos ultraconservadores. Huntington no es un pensador de finales del siglo XIX, sino más bien un estratega muy del siglo XX, quien mira al siglo XXI con los ojos que nos recuerdan a Darwin: supervivencia o pérdida total. A lo largo de sus escritos Huntington se presenta como un firme creyente en el poder, sobre todo en el poder gubernamental. Con grandilocuencia expresa que su preocupación es la sobrevivencia y el dominio de Estados Unidos por y para sí mismo. Huntington dice lo que Estados Unidos es, se define usando adjetivos muy negativos, y por el contrario, lo que debería ser con otros muy positivos: blancos, eurocéntricos, protestantes y angloparlantes. Sin perder el tiempo, y consistente con estas aseveraciones, sostuvo terminantemente que en lo social Estados Unidos debe permanecer siempre ligado a sus orígenes anglogermanos. La consecuencia de esta convicción es la creencia que la multiculturalidad impacta y no para bien a Estados Unidos. Huntington cree con vehemencia, junto con Arthur Schlesinger, colega suyo en Harvard, que Estados Unidos ya ha sido debilitado en su esencia: la Civilización Occidental y sus valores; y usando sus propias palabras en cuanto a “democracia, libertad e individualismo”. Huntington esparció las nociones de “voluntad”, “declive”, “surgimiento y caída” en torno a Estados Unidos; no es un optimista ni tampoco nos ofrece una visión triunfalista. De esta manera, la presencia mexicana es situada en un escenario fatalista que tendría que ser reordenado por el liderazgo estadunidense anglosajon. Aquí se encuentra el eco de las ideas de supremacía de los escritores europeos referentes a “pueblos sin historia”, una frase condenatoria que Carlos Monsiváis tradujo como “los pueblos que no la hacen”. ¿Acaso es adecuada para hablar de los mexicanos? Si es así, no tienen futuro.

Entre sus comentarios sobre México, Samuel Huntington da una lista de características sociales negativas —comunes entre pueblos “inferiores” o conflictivos— y que podemos argüir, concuerdan con el perfil negativo de los mexicanos elaborado por supremacistas blancos plenamente identificados como Jared Taylor. Para Huntington los mexicanos son irremediablemente diferentes a los “norteamericanos” y, por lo mismo, potencialmente subversivos, es decir, una amenaza.

Estos ideólogos serían secundados por otras voces similares en años subsecuentes, quienes cimentaron y extendieron sus tesis fundamentales, como Peter Brimelow, autor del influyente libro Alien Nation (1995), y Patrick J. Buchanan, quien publicó el célebre State of Emergency (2006). Ambos promueven la premisa de que Estados Unidos enfrenta un gran peligro debido a la “alarmante” presencia y el creciente volumen de mexicanos y latinoamericanos quienes finalmente, desde su punto de vista, podrían destruir al país que ha existido durante siglos. En conjunto, sus ideas y escritos también forman parte del discurso antimexicano actual, incluido el de Donald Trump.

01-trump-02

 

Los grupos y liderazgos ultraconservadores o supremacistas blancos han ido evolucionando en Estados Unidos, haciéndose más complejos y variados y a la vez más influyentes en la esfera pública. Por lo general, sus voceros y activistas son un eco o reflejo de alianzas con el separatismo anglosajón blanco. Quizás se pueden identificar de manera más adecuada por las distinciones que hacen entre ellos mismos, relacionadas con los públicos a los que se dirigen y las características específicas de sus organizaciones. Cualesquiera que sean las distinciones hechas por ellos mismos, están de acuerdo en una serie de puntos importantes y tienen alianzas bien organizadas a través de sus vastas redes. Los más fácilmente identificables son los llamados White Roughnecks (matones blancos) y grupos similares. Todos organizados en agrupaciones proclives a la violencia y relacionados en ocasiones con círculos de ex presidiarios y/o actividades criminales; curiosamente también son aficionados a las motocicletas.

Sin embargo, existe otro nivel de organización que involucra a un número más amplio de personas, está mejor organizado y cuenta con mayores recursos: se trata de un sector de clase media que incluye a profesionistas. La Anti-Defamation League y los Southern Poverty Law Centers han documentado a decenas de grupos supremacistas blancos, cuyo número de miembros podrá ser limitado, pero su público y el alcance de sus mensajes son considerables. Incluso podemos citar el ejemplo del cine, donde el sentimiento antimexicano encontró su expresión en época temprana. Los llamados greaser films mostraban a los mexicanos siempre como villanos que alteraban el orden social de los blancos. Más adelante Hollywood continuaría retratando a los mexicanos negativamente como bandidos y, recientemente, como narcotraficantes.

Al ahondar en figuras clave de los movimientos supremacistas blancos se debe resaltar el papel y la reputación de Jared Taylor, graduado de Yale en ciencia política y con posgrado del Institut d’Etudes Politiques de París. Públicamente se le reconoce como seguidor del “realismo racial”, y se le ubica a la derecha del Partido Republicano. Como es evidente por su libro A Race Against Time (2003), Taylor ha escrito extensamente. El punto principal de su argumento es que la “gente blanca” debería de reconocer y presuntamente impulsar sus propios intereses raciales sin medir las consecuencias para otros. Ciertamente, muchos observadores lo han descrito llanamente como un supremacista blanco: el diario Pittsburgh Post-Gazette ha dicho de Taylor que figura como “un racista disfrazado de experto”; mientras que José Ángel Gutiérrez, profesor de la Universidad de Texas, agregó que Taylor es “un racista en traje y corbata”. Taylor ha estado activo en el circuitos de oradores universitarios, dirige una organización y un instituto de investigación, y es autor y editor de una publicación a nivel nacional, American Renaissance (cuyo lema es “Los americanos pueden volver a nacer como blancos”). Su público se encuentra entre esos amorfos racistas blancos de clase media, a quienes percibe como partícipes de una profunda convicción: su sentido de ser blanco.

Taylor es un orador articulado, enfático en la defensa de sus argumentos racistas, hábil con la retórica y refinado en sus argumentos; desarrolló su mensaje antimexicano como una herramienta efectiva para ampliar su público. Su mensaje en términos básicos es que los mexicanos (independientemente que pudieran tener títulos universitarios o condecoraciones) no han sido elementos positivos de la sociedad norteamericana en el pasado, ni lo serán en el futuro. Al igual que Huntington y otros, también ofrece estadísticas tendenciosas. Taylor, por cierto, apoya fuertemente a Donald Trump y fue uno de sus primeros simpatizantes.

El ansia ultraconservadora alberga predilecciones en su discurso: es “anti lo que sea”. Así es que buscan la eliminación de lo que son sus aversiones sociales, su meta es tener un Estados Unidos diferente, compuesto de gente como ellos (blanca, anglosajona y monolingüe), son inamovibles en su lucha y buscan reclutar a ciudadanos semejantes a ellos. De acuerdo con los ultraconservadores, Estados Unidos es una república en donde los ciudadanos eligen a sus representantes, mas no una democracia en donde todos los ciudadanos participen. El parecer ultraconservador en materia de relaciones internacionales no es menos totalizador que sus soluciones internas. Se concentra en dirigirse a las elites de Washington de ambos partidos, e incluso en los medios supuestamente liberales. Si su “solución” a los problemas internos es, preferentemente, la aprobación de leyes “duras” hechas valer con firmeza. Por consiguiente, en el terreno internacional abogan porque los líderes de Estados Unidos usen la fuerza máxima en un conflicto dado, y así el país, poco a poco los resolverían todos y no tendrían asuntos pendientes.

Las preocupaciones de los ultraconservadores sobre los asuntos internos e internacionales los lleva forzosamente a un escenario de operación prioritaria: Norteamérica,  tal como ellos la definen en su escenario ideal: con un Canadá aún más integrado a Estados Unidos, claro, menos los nativos canadienses y los Quebeçois. En cuanto a México, o más precisamente a los mexicanos, los ultraconservadores han revertido el famoso dicho y apuntan: “Pobre Estados Unidos tan lejos de Dios y tan cerca de los mexicanos”. En lo que a éstos concierne, la solución no sólo es deportar a todos los mexicanos que emigran a Estados Unidos, sino nulificarlos, borrarlos y más. La autodeportación puede ser una opción benigna comparada con la deportación forzosa, dicen los ultras. Su objetivo general es aminorar o disminuir la mexicanización  y, en última instancia, latinoamericanización de Estados Unidos a toda costa.

 

Algunos indicadores de la amplia difusión de las ideas del ultraconservadurismo populista radical pueden rastrearse a través de las propuestas, modestas de acuerdo a sus estándares, hechas por portavoces a esta postura conservadora radical. Dichas propuestas no hacen más que limitar la movilidad migrante, legalizar su acoso y en general penalizarlos por vivir y trabajar en Estados Unidos. En Wisconsin el gobernador atacó verbalmente a los migrantes de la misma manera que lo hizo recientemente el gobernador de Arizona. El legislador por el estado de Indiana, Mike Delph, puso en práctica varias medidas antimexicanos: creó un grupo para investigar la inmigración “ilegal” para después pedir que se votara por él para presidir dicho comité de investigación. Delph ha denunciado constantemente a mexicanos activistas y sindicalistas. Públicamente, Mike Delph ha señalado su simpatía con el discurso de Donald Trump.

Mientras Delph actuaba en Indiana, legisladores en más de una docena de estados siguieron su ejemplo con el argumento de que el futuro de su país se encontraba en juego. Como es sabido, varios funcionarios y oficiales de policía de Arizona han promovido activamente acciones antiinmigrantes muy agresivas, en particular el sheriff Joe Arpaio, una celebridad ultraconservadora. Funcionarios electos en Georgia se han movilizado para establecer el idioma inglés como la única lengua para todas transacciones relacionadas al gobierno. Los legisladores en Louisiana y Wisconsin han apoyado cambios a la ley que castigaría a las ciudades que se han declarado “santuarios” de migrantes (es decir, que los han protegido). En la práctica esto significa un castigo para los defensores de los derechos de los migrantes. Hasta la fecha los estados de Georgia y Carolina del Norte se han unido a Wisconsin y Arizona como sitios hostiles hacia los inmigrantes. Además, el secretario de Estado del gobierno de Kansas, Kris Kobach, ha hecho la práctica regular de asesorar a funcionarios de otros estados en la redacción de leyes antiinmigrantes. Kobach está orgulloso de que su consejo haya culminado, por ejemplo, en la ley SB1070 de Arizona, que otorga poder a los oficiales de la policía para hacer de los migrantes un blanco prioritario. Éstos no son sino algunos ejemplos de las actitudes y prácticas antimexicanos que prevalecen hoy en día en Estados Unidos y sin duda han permeado ya en  buena parte de su territorio.

01-trump-03

 

Trump consiguió 14 millones de votos en su candidatura a la presidencia de uno de los dos partidos políticos dominantes en Estados Unidos. Probó ser un candidato competitivo dentro del Partido Republicano durante las elecciones primarias que duraron varios meses, afianzando más votos que nadie en la historia de las primarias de su partido, disfrutando de finanzas holgadas y de una amplia cobertura de los medios prácticamente gratuita. Varios expertos descontaban su candidatura durante las primarias, pero al final apabulló a sus  numerosos oponentes. Los simpatizantes de Trump, quienes comparten su postura en temas de política interna y exterior, no sólo objetaron las posturas de sus oponentes sino que lo acogieron con entusiasmo y de manera incondicional. Sus seguidores se manifestaron enérgicamente y en público con opiniones semejantes a las de Trump. Todos ellos sin duda serán partícipes de la política electoral de los Estados Unidos tanto durante 2016 como en elecciones subsecuentes.

En lo que respecta a México, debe notarse que desde el principio de su campaña Donald Trump expresó que México mandaba a sus peores ciudadanos a Estados Unidos y que tales inmigrantes eran criminales o violadores. Nunca ha cambiado su punto de vista, simplemente ha usado palabras distintas a lo largo de su campaña, incluyendo en su discurso inaugural como candidato oficial a la presidencia por el Partido Republicano.

A riesgo de hacer mal uso de la palabra “conservador” y de difamar a aquellos que se identificaban con ella en el pasado, lo que ahora existe es un movimiento ultraconservador que se ha estado construyendo en Estados Unidos durante algún tiempo y del cual Trump se ha convertido en portavoz. Definitivamente no existe un molde que nos sirva para definir al 100% de sus allegados: algunos, por ejemplo, son muy sensibles a temas que comparten con otros ultraconservadores mientras que no tienen una opinión firme acerca de todas las posturas que algunos ultraconservadores adoptan. Este movimiento defiende sus convicciones y soluciones construidas sobre su percepción y evaluación del supuesto estado de pobreza de Estados Unidos y de un horizonte negro para su futuro. Esta aseveración, casi cosmogónica, es el elemento que más comparten; es la charla conservadora radical que se puede escuchar día a día. Su convicción no es impulsada por la nostalgia. Lo que objetan es lo negativo que perciben hoy en Estados Unidos, es decir, quienes apoyan la tesis de la supremacía blanca buscan cambiar al país de acuerdo a sus preferencias. Uno de sus portavoces, Stephen Miller, dijo recientemente en una reunión en Dallas: “Todos los que están en contra de Donald Trump son la gente que ha llevado este país al precipicio. Son las personas que han controlado los hilos del poder. Son las personas responsables de nuestra frontera abierta, de que nuestra clase media se esté reduciendo, y de los terribles acuerdos comerciales que tenemos. De todo lo que hoy está mal en este país, las personas que se oponen a Donald J. Trump son los responsables”.

Miller, una estrella emergente entre los ultraconservadores, probablemente podría asumir un papel clave en la administración de Trump si llegara al poder. Este demagogo ayudó a posicionar a Trump como el candidato más inclinado a la derecha en un ámbito claramente ultraconservador. Incluso durante una reunión en abril de 2016 Miller llamó al senador por el estado de Texas, Ted Cruz, uno de los miembros más conservadores del Congreso: “aliado de Obama” por apoyar, desde su punto de vista, una “política radical de migración masiva” (Los Angeles Times, 4 de Julio de 2016).

Para Donald Trump “la inmigración ilegal siempre se lleva el mayor aplauso”. Ira Mehlman, vocero de la organización nacional antiinmigrante, denominada Inmigración Americana Reformada, concluyó: “Ciertamente el hecho de la inmigración haya sido un tema destacado en 2016 le ha dado energía y ha contribuido al activismo y a los esfuerzos para implementar políticas e iniciativas a nivel estatal y local. Las fuerzas antiinmigrantes creen que sus convicciones tienen ahora su momento entre el público”. De manera reveladora, Trump ha hecho un ritual de bienvenida a sus mítines, el grito: “Build this Wall!” (construyan ese muro), añadiendo: “el muro que mantendrá a los mexicanos fuera”. El 84% de sus simpatizantes apoyan tal demanda. El hecho de que el Partido Republicano incorporara estas ideas y propuestas a su plataforma electoral hacia 2016 demuestra que Donald Trump se ha convertido en el real abanderado del partido.

Y recientemente Trump cristalizó con claridad que su antimexicanismo va más allá del racismo y se inserta en el terreno político y en última instancia en las “guerras culturales” presentes en Estados Unidos: “Si yo no gano creo que será la última elección en la que los republicanos tengan una oportunidad… porque vamos a ver flujos de migración de personas, ustedes van a tener a inmigrantes ilegales arribando [al país] y ellos se van a legalizar… votar, y una vez que esto pase el asunto está perdido”.1

 

Las preocupaciones acerca del alcance y profundidad de la intolerancia que conlleva a acciones y políticas hostiles pueden ser mitigadas o exacerbadas por las percepciones críticas que apoyan a una o a la otra. Es cierto, el tiempo y las circunstancias tienen un efecto sobre ellas. Sin embargo, la hostilidad hacia ciertos grupos sociales está bien arraigada en la historia y no es simplemente una moda cultural. De hecho, tiene serias consecuencias que afectan la vida de la gente hoy en día. El peso de la preocupación por la intolerancia puede medirse tentativamente de varias maneras, sin perder de vista que las personas no siempre expresan los verdaderos sentimientos que pueden tener hacia individuos de otros grupos. Podemos evaluar si la intolerancia social o la tolerancia han crecido, disminuido, o se han mantenido estables, o si las tendencias liberales, conservadoras o moderadas se encuentran en ascenso o descenso, o al examinar resultados electorales determinar si favorecen a demócratas o republicanos. Una consideración de mayor importancia puede ser la afirmación por parte de los conservadores de que el cuerpo político de Estados Unidos es de centro-derecha mientras que en apariencia el gobierno es de centro-izquierda. Más reveladoras aún son las observaciones proporcionadas por las encuestas que indican que 81% de los conservadores están insatisfechos con el gobierno tal cual es, mientras que los liberales registran solamente un 44% de insatisfacción.

Hasta este momento se esperaba que el aumento de la población perteneciente a las minorías y los cambios generacionales favorecieran de manera casi automática las tendencias más liberales en Estados Unidos, pero la verdad es que no han afectado significativamente la alineación liberal-conservadora-moderada. Algunas veces, para consternación de sus seguidores, los funcionarios liberales electos son conscientes de que su voto en favor de los derechos de los migrantes liberará las fuerzas antiinmigrantes  existentes en un sustrato de su electorado, en cualquier momento y en cualquier lugar. Los liberales en pro de los derechos de los migrantes podrán tener el control temporalmente pero se enfrentan con que ha existido todo el tiempo una poderosa fuerza ultraconservadora en contra.

Las investigaciones del profesor James E. Campbell de SUNY, Buffalo (Polarized, 2016), indican que desde 1972, el año de la campaña presidencial del aclamado candidato progresista George McGovern, hasta 2015, el año de la candidatura presidencial de otro progresista: Bernie Sanders, la alineación ideológica ha favorecido a los conservadores, cuyos números se incrementaron de 31% a 35%, mientras que los moderados disminuyeron de 51% a 44%, y los liberales sólo crecieron de 18% a 21%. Estas cifras parecen pequeñas a primera vista, pero representan modificaciones significativas que involucran potencialmente a millones de personas. Por si fuera poco, lo que también ha cambiado de igual manera es el endurecimiento del apego ideológico tanto de liberales como conservadores, así como la baja en el número de “moderados,” situados en el  punto medio del espectro político.

El caso de la migración de mexicanos se ubica en ambos lados de la división liberales-conservadores. De esta forma, la fuerza de las ideas y prácticas antimexicanas no sólo dependen de políticos nuevos que adoptan posturas patéticas, sino que se nutre de otros sectores sociales intolerantes —situación preocupante y peligrosa. La importancia de los voceros notablemente conservadores es que las propuestas y actitudes que suscriben están de acuerdo con las perspectivas de algunos otros políticos más liberales y de un considerable número de ciudadanos estadunidenses, mayoritariamente hombres blancos, tanto de la clase trabajadora como de la clase media profesional. Sin embargo, también tienen apoyo de algunos miembros de otros grupos sociales, aunque en mucho menor proporción. Además, se nutren del pensamiento de algunos  intelectuales y expertos muy connotados.

 

¿Qué se puede hacer? El racismo y la violencia dirigida hacia la población no blanca es en realidad una parte importante de la historia de Estados Unidos, esto debe decirse tajantemente, como un precedente para generar opiniones contrarias y acciones que pongan límite a esta intolerancia. La antipatía hacia México y hacia la población de origen mexicano en Estados Unidos (hermanados por los conservadores) es parte de un espectro de temas de odio en Estados Unidos, que incluye a algunas mujeres, a la comunidad LGBT, y a los afroamericanos, entre otros. Hoy en día los sentimientos y las políticas antimexicanos, arraigados desde generaciones pasadas, continúan y continuarán, a menos que sean contenidos a través de la educación, la organización y los medios legales (que históricamente ha tenido éxito en ocasiones). Aunado a esto, el proceso de empoderamiento de las poblaciones de origen mexicano (y latino) y su extraordinario crecimiento demográfico podrán convertirse sin duda en una mayor fuerza disuasoria. Empero, dadas las fuerzas de oposición ultraconservadoras que las identifican como “indeseables” y en general el surgimiento y éxito de sectores antimexicanos, la elección de 2016 será decisiva en determinar cuáles fuerzas prevalecerán en este importante episodio de la trascendental lucha que se lleva a cabo en Estados Unidos.

6 de agosto de 2016

 

Juan Gómez-Quiñones
Profesor en el Departamento de Historia de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA).

David R. Maciel
Profesor afiliado de la División de Historia del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y profesor emérito de la Universidad de Nuevo México.


1 Entrevista de Pat Robertson a Donald Trump para el Christian Broadcast Network. 9 de septiembre de 2016.

 

8 comentarios en “Las raíces antimexicanas de Donald Trump

  1. Agradezco a los autores su objetividad y manera apropiada de tratar el tema. Mi unica aportacion (habiendo vivido en ambos paises: Mx / US). es que los Mexicanos debemos considerar seriamente que el respeto y la confianza primero se ganan y luego se exigen. Se ganan con trabajo y contribuciones positivas. Al contrario, basta ver el escenario politico y social mexicano para entender que desde afuera somos vistos como un pais de barbaros, devaluaciones, Injusticia y Corrupcion politica.
    Bien hariamos en ser mas criticos con nosotros mismos y voltear despues a ver a nuestros vecinos. El texto de jeffrey davidow “el oso y el puerco espin” es un buen inicio.

  2. El artículo “Las raíces antimexicanas de Donald Trump” nos brinda una lúcida y amplia explicación contemporánea de porqué muchos estadounidenses siguen pensando y actuando casi igual que desde siempre: racistas y xenófobos en general, y antimexicanos en particular. Pero yo en lo personal sigo preguntándome, a pesar de la buena información que me dio la lectura del artículo en comento, si los supremacistas blancos –es decir, aquellos que por el sólo hecho del color de su piel desprecian al que no tiene ese mismo color- actúan de manera uniforme y en la misma medida en contra de todo aquel ser humano que no es de piel blanca, independientemente de su raza o nacionalidad, o si toleran o aún aceptan a aquellas minorías no nativas de Estados Unidos que son de piel blanca. Es decir, los supremacistas, ¿serán xenófobos y racistas en contra de aquellos que, siendo mexicanos, son de piel blanca y ojos claros, o los tolerarán o aceptarán? Es una duda que tengo desde hace mucho tiempo. Pero también creo que no todos los estadounidenses desconfían o menosprecian al mexicano sólo por su color de piel, sino por la percepción que en general tienen de sus vecinos del sur: altamente corruptos, excesivamente maleducados o incultos, narcotraficantes y recientemente también consumidores de drogas al igual que ellos, los estadounidenses, etc. ¿Quién quisiera tener a un vecino así? También está en nosotros los mexicanos de que nuestra reputación en el mundo mejore, empezando por barrer en nuestra propia casa, pero sin permitir actitudes de superioridad de raza como la que impera en la mente del señor idiota Trump.

  3. Estos gringos han sido siempre malos vecinos, sin embargo como tales nos hemos tolerado; xenofobos racistas y asesinos han sido siempre desde que llegaron a colonizar, desde que nos quitaron parte de nuestro territorio empezó el calvario, quieren todo, somos sus enemigos ya, así fueron en la colonización los indios a los cuales casi acabaron, en nuestro caso ese es su proyecto. y si todavía tenemos gobiernos que se acomoden a ambición desmedida, ya estaremos reiniciando una lucha fratricida y muy desigual, pero vale más morir de pie que no hacer nada.

  4. He buscado en toda la red la referencia de la cita “Si yoi no gano creo que sera la última elección en la que los republicanos tengan una oportunidad…porque vamos a ver flujos…etc.etc.” . La fuente que cita no esta en la red ni el 9 de septiembre, ni antes ni después (1 Entrevista de Pat Robertson aDonal Trump para el Christian Broadcast Network. 9 de septiembre de 2016). ¿Me podrían dar la fuente fidedigna? Tambien ponerlo como fe de errata en su publicación porque la referencia tambien aparevce en la revista impresa. El no encontrar las referencias que indican, en ensayos tan importantes para la opinión pública, atenta contra la credibilidad de la revista y de los autores del ensayo. Muchas gracias por su atención.

    • Estimada Yvonne,

      Muchas gracias por su comentario. Hemos contactado a los autores y cuando tengamos respuesta sobre la referencia se la haremos llegar.

      Saludos

  5. Donald Trump no miente cuando dice que las fábricas y los trabajos se están yendo de EE.UU. rumbo a México…

    Ahí están todas las empresas automotrices que se han establecido en México:

    * ford
    * general motors
    * kia
    * volkswagen
    * bmw

    Quien tenga la oportunida de viajar a Detroit verá las consecuencias de esa migración: fábricas y negocios cerrados… casas abandonadas… desempleo…

    • Fernando,

      Tanto Ford como General Motors ya le contestaron a Trump, aclarando que las fábricas abiertas en México no fueron desplazadas de Estados Unidos, sino que forman parte de estrategias para abastecer mercados regionales a nivel mundial. Cualquier empresa global de cualquier giro ha adoptado estas estrategias para abatir costos de logística, pues fábricas de Ford o General Motors hay en todas partes del mundo. Sólo que Trump se atiene a que sus votantes son lo suficientemente ignorantes para no entender este hecho.

  6. La verdad es que en esta contienda yo daba por hecho la derrota de Trump por su histérico racismo hacia los mexicanos, algo que en mi opinión, un aspirante a líder mundial no podría darse el lujo de tal viceralidad.
    Sin embargo después de leer este artículo tan interesante, ya no estoy segura, pues es evidente entonces que son más votantes que no expresan abiertamente su simpatía por el candidato republicano y que se mantienen a la sombra para evitar confrontaciones, pero a la hora de la votación harán ver su verdadera ideología.
    Espero que el sector latino haga valer su peso y no se vayan a sesgar como la Catrina