Claudio Lomnitz nos aproxima a un mundo oscuro: la religión de Los Caballeros Templarios, que de una idea de reivindicación personal se transfiguró en una ideología de matones, la de unos hombres que quisieron ser dueños de Michoacán

En un artículo del año pasado, The Economist contempló el misterio de la lentitud del crecimiento económico en México.1 Según aquella revista, el país tiene condiciones ventajosas para crecer: está mucho más orientado al mercado norteamericano que al mercado chino; su economía no depende ya tanto del petróleo; y el país tiene la base industrial más grande y sofisticada de América Latina. Además, lleva 20 años de suscribir una política macroeconómica rigurosa. Sin embargo, México lleva 25 años creciendo apenas al 1% anual y sigue con la mitad de su población en la pobreza.

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Ilustraciones: Patricio Betteo

The Economist sugiere algunas causas de esta lentitud de crecimiento. La más importante tiene que ver con la proliferación de micronegocios familiares que son relativamente improductivos. Así, según la misma revista, en los últimos 15 años la productividad de las compañías más grandes creció al 5.8% anual, mientras que las de las más pequeñas se redujo a un ritmo de 6.5% anual.

Pero hay además una faceta política de esta cuestión, ya que la proliferación de firmas familiares e informales resulta en buena medida de una falta de confianza en el Estado —desconfianza en las leyes, en los contratos, en los servicios públicos. Resume The Economist: “la única institución en la que la mayoría de la gente puede confiar es la familia”.

El trabajo que estoy desarrollando actualmente es una exploración de la enorme presión a que se ha sometido a la familia en el México actual, y mi análisis de la religión templaria busca explorar precisamente este tema.

Se puede analizar la historia nacional a partir de la interdependencia entre Estado y familia: el auge del Estado nacional se funda en, pero se realiza también a expensas de la autoridad de la familia. La contracción del Estado aumenta la dependencia y las exigencias sobre la familia, que se ve cada vez más sola y más manca de apoyos para enfrentar el cambio económico global. El mundo tiene ya varias décadas de constricción del Estado. A ello hay que agregar un reordenamiento económico vertiginoso que, en el caso mexicano, ha conllevado la profundización de la migración internacional. Todo ello implica y trae presiones diversas sobre la familia que es, como dijo The Economist, la institución de mayor confianza en el país.

El libro que estoy escribiendo se centra en el tema de la familia en Michoacán, y en este texto voy a presentar un análisis preliminar de la religión que desarrolló el cártel de drogas conocido como Los Caballeros Templarios, vista desde el ángulo de la presión sobre la institución familiar.

Mi interpretación se basa, principalmente, en literatura existente: tesis, artículos científicos, libros publicados, artículos de periódico… Es un ensayo que busca pensar el problema de la religión de los templarios a partir de datos dispersos en diversas publicaciones. Me concentro especialmente en los escritos y reportajes sobre la ideología aparentemente ordenadora de Los Caballeros Templarios, desarrollada por su ideológo principal, Nazario Moreno, alias El Más Loco, así como en un conjunto de creencias individuales y colectivas cuya relación con los intentos breves de institucionalizar un rito y una mitología propiamente templaria es todavía algo opaca.

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La religión de los templarios fue más un proyecto que una realidad consolidada. Los Caballeros Templarios tuvieron una historia de auge breve, que data aproximadamente de 2011 a 2014 —no es tiempo suficiente para consolidar profundamente una nueva religión. Y aun si consideramos que el proceso de creación de esta religión fue más antiguo —y que data de la formación del cártel de La Familia Michoacana— de todas formas eso no nos lleva más atrás de 2006. O sea, un máximo de ocho años de formación religiosa o cuasirreligiosa.

Además, sabemos poco de qué tan concertado fue el esfuerzo real de conformación de una religión. Los escritos de Nazario Moreno se distribuyeron ampliamente entre los templarios y aun en lugares públicos en Morelia, Uruapan, Apatzingán y otras ciudades michoacanas, sin embargo, ignoramos qué tanto de ese esfuerzo se empalmaba con un trabajo de institucionalización para formar reclutas y cuánto era parte del aparato de propaganda de la organización, orientado a crear una imagen para el público no templario. Ni siquiera tenemos claro aun el grado de convencimiento que haya generado Nazario Moreno con los capos que compartían la cúpula del poder en su organización, como el Kike Plancarte y Servando Gómez, La Tuta.

A estas consideraciones —el poco tiempo que hubo para una consolidación institucional y la poca información de la que dispongo para conocer los verdaderos usos operacionales de los textos clave de Nazario Moreno— se agrega todavía otra: al igual que todos los demás cárteles en este periodo, Los Caballeros Templarios estaban en constante lucha, creciendo rápidamente por un tiempo, y contrayéndose o dispersándose después. Los procesos de expansión pueden ser también momentos de efervescencia de una religión —basta recordar la velocidad con la que se extendió el islam en el siglo posterior a la muerte de Mahoma—, pero expandir una religión en condiciones de reclutamiento competitivo de agentes y soldados no es sencillo, y es muy posible que la religión de los templarios haya tenido espacios limitados para sus ritos y doctrina, aun al interior de la organización, cuando, por ejemplo, los templarios se extendieron a territorios de los estados de México, Guerrero o el Distrito Federal. Por último, tampoco sabemos si hubo interés en continuar el culto después de la segunda muerte de Nazario Moreno, a principios de 2014.

La parte organizada de la religión de los templarios es, en otras palabras, una historia breve, probablemente bastante dispareja, y de profundidad incierta también al interior de las filas templarias. Y, sin embargo, desde un punto de vista cultural, el fenómeno retrata y ayuda a pensar la relación entre crisis familiar y cultura del narco.

La religión desorganizada o semiorganizada de los templarios tiene puntos de contacto importantes con las devociones dispersas que se encuentran en el mundo relacionado con el crimen violento en México: devociones y supersticiones individuales orientadas a la protección personal por parte de algún santo, de la virgen, del diablo, o de la Santa Muerte. Lo interesante de estas devociones individuales es que a veces generan identificación interpersonal o grupal. Así, por ejemplo, los tatuajes que abundan en nuestras cárceles son marcas de la vida, testimonio de dolor, memoria y querencias del individuo que las porta; pero los tatuajes pueden constituirse también en la base de identidades colectivas fundadas en experiencias o creencias comunes: el haber estado en la misma cárcel, el pertenecer a alguna pandilla, el haber migrado a Estados Unidos o el compartir una devoción…

Estos son los dos niveles que exploro en este estudio preliminar: la religión organizada, específica y exclusivamente templaria, ideada por Nazario Moreno y los suyos, y aquello que podríamos llamar devociones individuales o de grupúsculos, que no son exclusivas de los templarios, pero que están presentes en su contexto de operación.

¿En qué consiste la religión templaria?

Primero, el desarrollo de un código y de una serie de ritos es un esfuerzo por construir lo que podríamos llamar la personalidad, o el ideal personal, requerido para ser un buen miembro de la organización. Este esfuerzo va encaminado a atraer y formar reclutas, así como a establecer dichos y prácticas que sirvan para consolidar una cultura organizacional y una cadena de mando clara y funcional. Por otra parte, la religión templaria se encamina también a crear una imagen de la organización. Esa imagen contrasta con los esfuerzos de sus competidores y del gobierno por definir a los templarios como simples criminales.

Pongo un ejemplo, El Chapo Guzmán, del Cártel de Sinaloa, buscó diferenciarse del líder templario conocido como La Tuta declarando que mientras él (El Chapo) era un hombre de negocios dedicado al narcotráfico, La Tuta no pasaba de ser un simple ratero. La distinción que El Chapo buscaba marcar aquí era entre una empresa profesional, con un producto y un know-how claro, frente a otra, la de los templarios, que se caracterizaría por vivir del robo, del secuestro y de la extorsión.

La organización de Sinaloa quiere ser representada como una empresa con un solo propósito: la producción, trasiego y venta de drogas. La organización templaria, en cambio, se quería presentar como una organización hecha para proteger a los michoacanos de las depredaciones de los demás cárteles, en lo que la economía de la droga no sería sino un aspecto entre otros. Así, uno de los llamados “12 apóstoles” de Nazario Moreno concedió una entrevista a un reportero de Proceso en 2012 y declaró:

“Cuando nos disolvimos como La Familia Michoacana y fundamos Los Caballeros Templarios decidimos que en esta hermandad no habría secuestradores, delincuentes, violadores, robabancos, ni homicidas. Quien desobedece paga con la muerte, de acuerdo al Código de los Caballeros. Fue esa razón por la cual nos separamos de La Familia y ahora luchamos contra todos”.

“¿Quién es ‘todos’?”: “Al Cártel de Jalisco Nueva Generación, a La Familia, Los Zetas, los Beltrán Leyva, los Amezcua, el Cártel del Golfo, los Arellano Félix, La Resistencia, etcétera”.2

La religión templaria serviría para marcar un “adentro” y un “afuera” ambivalente: adentro y afuera de la sociedad michoacana, por una parte, y adentro y afuera de la organización templaria, frente a sus competidores.

La Familia Michoacana en crisis: La cultura regional

Hay mucho, demasiado, que decir acerca de la creatividad, pero también de las dificultades que enfrenta hoy día la familia y las familias en Michoacán. Para nuestro propósito aquí sólo quiero recalcar un par de aspectos que importan para el tema que tenemos a la mano.

El primero es que la cultura regional michoacana es una cultura transnacional. Todas las comunidades de Michoacán tienen una proporción importante de su gente en Estados Unidos. Frecuentemente la cifra es cercana a la mitad. Por eso es correcto decir que la cultura regional michoacana está compuesta de un conjunto alucinante de aquello que los antropólogos desde los años ochenta llamaban “circuitos migratorios” —es decir, comunidades que tienen al menos dos núcleos de población—, uno en México y uno en Estados Unidos. Existen comunidades que tienen más de dos núcleos —uno en México y dos en Estados Unidos, por ejemplo, o dos en México (usualmente un rancho y una cabecera, o una cabecera remota y una ciudad regional) y uno, dos o más en Estados Unidos. Existen también comunidades michoacanas que tienen su núcleo en Michoacán, y luego una población dispersa en Estados Unidos, o una parte en un núcleo o colonia en Estados Unidos, y otra parte dispersa, etcétera.

Estos circuitos migratorios tienen efectos variados en las estructuras familiares. No tenemos cómo hacer un inventario de ellos acá, pero basta decir un par de cosas relevantes para nuestro caso: primero, que frecuentemente la migración mete a las familias en una situación paradójica, ya que el migrante es a la vez el sostén —o al menos la esperanza— de la familia, y la persona que por lo pronto la está abandonando.

Esto tiene efectos culturales profundos en la cultura familiar. Por ejemplo, la antropóloga Gabrielle Oliveira recientemente escribió una tesis doctoral estudiando madres migrantes que dejan a algunos o a todos sus hijos en México para salir a trabajar a Estados Unidos.3 El acto implica toda una reconfiguración de la ideología familiar, pues las madres migrantes insisten que, al irse, ellas no abandonan a sus hijos sino que los están cuidando. Y es verdad que los siguen cuidando. Como también es cierto, en un sentido estricto, que los han abandonado.

Lo mismo que viene sucediendo con los padres michoacanos desde hace ya más de medio siglo —dejan a sus familias y dejan a sus comunidades, supuesta o realmente para salvar a sus familias y para salvar a sus comunidades. La migración mete a las familias en una situación paradójica: la fractura de la familia por la partida de un miembro clave —el padre o la madre— es frecuentemente la condición de la unión familiar.

Otra característica de la cultura regional michoacana que importa destacar es lo que permiten las remesas o los ingresos por venta de droga. El campo michoacano —como todo el campo mexicano— entró en un proceso de transformación profundo desde hace poco más de una veintena de años: un proceso de urbanización acelerado con todo y burbuja inmobiliaria, una quiebra de ciertas formas de trabajo, de ciertos conocimientos de agricultura y ganadería, un auge minero y un boom de exportación impresionante en productos como el aguacate, limón, fresa, melón…

Esta transformación económica del campo complica las estrategias de ida y regreso que funcionaron para la migración mexicana durante la mayor parte del siglo XX —patrones de migración circular que buscaban consolidar un rancho o una propiedad, mudarse de un rancho a la cabecera municipal para que los hijos fuesen a la escuela, poner quizá algún pequeño comercio… Toda esta estrategia se complicó.

El alza del valor de los bienes raíces en las cabeceras que mandan muchos migrantes, el aumento en las inversiones necesarias para tener un rancho productivo, la transformación de los patrones de consumo de las familias, que ahora desean y necesitan una serie de comodidaes que antes no se esperaban… Todo junto hace el sueño del regreso triunfal del migrante, con grueso fajo de billetes verdes, un buen rancho, camioneta y electrodomésticos para la señora —licuadora, lavadora, refrigerador, etcétera—, todo aquello se ha ido volviendo más difícil de lograr. Y en un contexto así la tentación de entrarle aunque sea de manera marginal al mercado de la droga es considerable.

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La imagen del bien limitado subvertida por la imagen de la sociedad afluente

En los años cincuenta el antropólogo George Foster hizo estudios de antropología económica en el pueblo de Tzintzuntzan, en la zona lacustre de Pátzcuaro. Esos estudios fueron bastante influyentes para la discusión de la cultura del campesinado en los años sesenta y setenta, y describían una sociedad pueblerina regida por ideas de reciprocidad que veían a la riqueza con mucha sospecha. Aquella mala fama de la riqueza que Foster consideraba que era general a las sociedades campesinas manaba de la idea de que la riqueza de uno venía siempre a expensas de otro miembro de la comunidad. Una sociedad así se caracterizaba por la discreción en el consumo —poca ostentación— y también por gastos redistributivos en las fiestas patronales y demás, tendientes a mantener un rango de desigualdad local más o menos discreto y bajado de tono.

Es verdad que el corazón de la tierra del narco michoacano no está en pueblos campesinos y pescadores como Tzintzuntzan, sino en zonas dominadas por una economía de rancho y de rancheros, pero aun en esos otros lugares operaban al menos algunas de las ideas descritas por Foster: el ideal del ranchero era tener un rancho, en lugar de ser peón, y trabajar ese rancho a partir principalmente de la unidad familiar. Esto también implicaba una ética de trabajo fuerte, una cultura de cierta austeridad —puntuada con gasto de lujo en fiestas y celebraciones— y una cierta discreción respecto de la riqueza, porque la sierra había sido siempre un lugar en que las relaciones de propiedad eran algo inseguras.

Pues bien, ¿qué sucede con aquella cultura familiar y comunitaria? ¿Qué sucede con las ideas de riqueza y con la importancia de la discreción? En el siglo XX Michoacán se transformó en uno de los principales exportadores de migrantes a Estados Unidos. Hoy, arriba de un 40% de la población de Michoacán vive ahí, y en las zonas más importantes del narco, la proporción es frecuentemente mayor.

La experiencia de la migración a Estados Unidos puede ser descrita como el choque cultural de una estructura familiar construida sobre la idea del bien limitado, con otra cultura formada en la época de la sociedad afluente, sobre todo en regiones importantes de emigración michoacana, como son Los Ángeles, la zona metropolitana de San Francisco, o de Chicago. Desde el punto de vista de los ranchos y pueblos de Michoacán, Estados Unidos se constituyó en una imagen de recursos potencialmente ilimitados que, bien manejados, podían servir para consolidar la situación del migrante en su región de origen. Para pasar de vivir en un rancho a vivir en la cabecera municipal, o de ser peón a ser ranchero.

El flujo de dinero realizado en Estados Unidos de vuelta a las comunidades michoacanas transforma los patrones de consumo y la ostentación comienza a ser importante. El recato, tradición de una región campesina, católica y bastante pobre, se va transformando en una cultura del consumo marcada por la camioneta, el rancho, el ganado y los cuernos de chivo. Esta transformación es, finalmente, uno de los temas más recurrentes de los narcocorridos. Así, por ejemplo, “Clave privada” de Los Tucanes de Tijuana dice:

Ya mucho tiempo fui pobre
mucha gente me humillaba
empecé a ganar dinero
las cosas están volteadas
ahora me llaman patrón
tengo mi clave privada.4

Otro, “La clave nueva”, de Mario Quintero Lara, habla de la relación entre este nuevo consumo y la muerte:

La muerte a mí no me asusta
todos vamos a morir.
Por eso hay que divertirnos
antes de que llegue el fin.
Primo, en el carro está el kilo
¡trátelo para repartir!5

Tal como dice el corrido, semejantes explosiones de dinero, de poder y de consumo desbocado se entienden como fenómenos próximos a la muerte por no ser reproducibles, y no todos le dan la bienvenida a la muerte, sino que buscan, idealmente, traducir su riqueza y su dinero en una forma de vida sustentable —sólo que frecuentemente no hayan cómo hacerlo. Así lo dice —y es el último corrido que voy a citar— “El destino cobra”, de Manuel Eduardo Castro:

Si un día salgo de la cárcel
y mi Dios me lo perdona
quiero volver con mis padres
a mi lindo Sinaloa
a levantar mis maizales
y no volver a la droga.

El problema central del dinero del narco es la reproducción, representada aquí como un impulso de volver a la tierra y al maíz como símbolo de lo sustentable y de lo honrado.

Elementos de la moral templaria:
La doctrina de John Eldredge

Pasemos ahora a algunos elementos de la doctrina de los templarios. Lo primero que importa hacer notar es que se trata del trabajo de un ideólogo, Nazario Moreno, y lo que sé de Nazario es, en buena medida, lo que él dice de sí mismo. Sabemos que ésa no puede ser una fuente demasiado exacta, y espero un día tener otra clase de fuentes sobre el personaje, pero por ahora trabajo con este material, sabiendo que es problemático e imperfecto.

Nazario Moreno, El Chayo, nació en el rancho de Guanajuatillo, municipio de Apatzingán, en 1970. Fue uno de 12 hijos. Su padre era alcohólico y mujeriego. “La pobreza en que nací en la que sobrevivía mi familia era tanta que simplemente la esperanza no existía. Luché desesperadamente desde pequeño para ayudar a mi madre y a mis hermanas, pues hería mi cuerpo y lastimaba mi espíritu ver el infortunio y la pobreza en que nos encontrábamos”.6 Es una narrativa más o menos típica de los líderes del narco que se han preocupado por crear leyendas sobre sí mismos.

Según sus memorias, El Chayo no fue a la escuela, porque no la había en Guanajuatillo, y se enseñó a leer con los cómics de Kalimán y a narrar con las radionovelas de Porfirio Cadenas. Sin embargo, sus memorias dejan en claro que su autor se transformaría eventualmente en un lector voraz, y de hecho también en un escritor bastante aceptable. Tras realizar una serie de trabajos mal pagados en Apatzingán —jornalero en la pisca del melón, chalán en el mercado—, El Chayo emigra a Estados Unidos en 1986, en compañía de su hermano mayor, y es ahí donde comienza a vender marihuana, y también donde comienza a leer amplia y desordenadamente. El desorden en la lectura es un aspecto de lo que podríamos llamar el posmodernismo popular del personaje, que no tiene ambages en crear su propio coctel ideológico con los elementos más estrambóticos, mientras estén a la mano. En cierto momento, por ejemplo, ya como templario, El Chayo se hace llamar Ernesto Morelos Villa, presumiéndose de momento como encarnación del Che, José María Morelos y Pancho Villa, revestidos todos con algo de aderezo de la mitología de la caballería templaria, un barniz evangélico y varios elementos New Age, que discutiremos más adelante.

En Estados Unidos El Chayo tiene, además, una experiencia que sería fundamental para la construcción de su religión: su lucha contra el alcoholismo, aprendido de su padre, y contra el consumo de drogas lo llevó a intensos programas de rehabilitación, tanto en Alcohólicos Anónimos, como en iglesias evangélicas.

Quizá haya sido en ese contexto que El Chayo se encantara con los libros de John Eldredge, un pastor evangélico. El libro Wild at Heart (Salvaje de corazón), muy especialmente, lo cautivó, y de hecho se convirtió en lectura obligatoria, en su traducción al español, para todo el que quisiera ingresar a la orden templaria.7 En uno de sus varios excelentes reportajes Humberto Padgett agrega que La Tuta, que fue maestro de escuela antes de ser capo del narco, también apoyó mucho la distribución de este libro, que fue incluso promovido por maestros de la SEP y Conafe.

¿Cómo se explica la importancia de un libro de un pastor evangélico para Los Caballeros Templarios? Lo interesante de Wild at Heart es que se trata en exclusiva de la salvación de la masculinidad. La religión está al servicio del rescate masculino. En su libro, Eldredge identifica un problema clave para los hombres norteamericanos (el texto de ninguna manera iba dirigido a un perfil como el de quienes se convertirían en sus fieles michoacanos): ese problema es la emasculación. La falta de padre y el exceso de madre; la feminización de los niños en la escuela y en el hogar; la imagen equivocada, feminizada, de la bondad. Ésos son los problemas de Eldredge, y son los problemas que le interesaban a Nazario Moreno como base para crear su propia teología de la dominación.

Para el pastor Eldredge, Cristo era un guerrero. Más parecido a William Wallace, de la película Braveheart, que al bondadoso Mr. Rogers de la televisión infantil norteamericana. Para Eldredge la feminización de la cultura estadunidense es el enemigo a vencer, no porque las mujeres sean malas, sino porque los hombres no deben ser mujeres. Eldredge critica una versión del cristianismo que menosprecia la importancia de la valentía, del coraje solitario y del hombre como animal salvaje, y que promueve el tipo del hombre bonachón: desdentado, desgarrado y deshuevado.

Hay varios otros aspectos del libro de Eldredge que vale la pena resaltar para entender la ideología creada y promovida por El Chayo. Uno de ellos es estilístico: el uso constante de referencias de Hollywood y programas de televisión, es decir, de la cultura popular, mezclados con citas altisonantes. Eldredge cita por igual a Shakespeare y a la película Gladiador; habla en el mismo párrafo de la Biblia y de cualquier teleserie. Esta libertad la imitaría en su religión El Chayo.

El segundo elemento que nos interesa es la referencia constante al mundo de lo salvaje, figurado usualmente con la montaña, en el oeste. Los suburbios no son el hogar de lo masculino. Lo masculino le pertenece al monte —a las sierras de Alaska o de California, a los campos de Oregon…

Lo central que tuvo Salvaje de corazón para los templarios fue, entonces, y en primer lugar, que su autor busca rescatar lo masculino. Esto refiere, me parece, a la crisis familiar en Michoacán. Como señalé antes, la mitad de la población michoacana está en Estados Unidos y los hombres en edad reproductiva están desproporcionalmente representados en esa migración. Esto significa que la familia, tan exaltada, y vista incluso por The Economist como la piedra angular de la vida social mexicana, está en realidad profundamente resentida. Los muchachos michoacanos crecen lejos de sus padres. Fue también el caso del Chayo, aunque esto sucedió no por la migración, sino por el alcoholismo de su padre (y el libro prohibido del Chayo tiene en sus forros internos dos imágenes, una de la familia desdichada, destrozada por el alcoholismo del padre, y la otra de una familia feliz, limpia y ordenada, sin alcohol).

Pero para la mayor parte de los templarios, o de posibles reclutas para los templarios, el libro de Eldredge resonaría porque esos feroces varones fueron criados por sus mamás o por sus abuelitos. Hay una falta crónica de padre, y el libro de Eldredge busca recuperar lo masculino frente a esta falta, y recuperarlo de una forma ordenada, cristiana. Recuperar al padre… Es un acto de fortalecimiento moral y personal para los reclutas, que para los templarios tenía la ventaja adicional de reforzar la autoridad de los líderes frente a los novicios.

El segundo elemento importante es la glorificación del monte por encima del suburbio. Aquí lo de Eldredge calza de manera especialmente sugerente con la situación de los narcotraficantes michoacanos, porque todos ellos pasan o han pasado una situación de emasculación en el trabajo en Estados Unidos: vienen del campo, donde no hay la dictadura del reloj, ni checar tarjeta, ni pagar renta, ni preocuparse por ser “ilegales”. Y en Estados Unidos tienen patrones frente a quienes deben aparecer como mexicanos serviciales. No hablan bien el idioma, en muchos casos. Ocupan los márgenes de la sociedad. La identificación del monte con la libertad masculina, con el alma masculina, es una doble recuperación: ahí se redime la emasculación que se ha experimentado tanto en la migración como en la situación mexicana previa a la migración, y se identifica al terruño como el lugar en el que se realizará a la perfección esa nueva hombría, esa hombría de cuernos de chivo chapados en oro. Esa hombría de rancho con caballos de raza y con gallos de pelea. Esa hombría de camioneta y de bota picuda.

El tercer elemento importante del libro de Eldredge es que el hombre nuevo se modela con lo que hay. Y lo que hay es Hollywood. Es la televisión. Es el sermón dominical del pastor o del cura. Es la internet y es el videojuego. Es ésa la materia prima con la que se realizará el bricolage de la religión templaria.

Religiones individuales

Quisiera hacer un breve paréntesis para considerar el problema de las devociones individuales antes de volver al tema de la religión templaria inventada por El Chayo y sus colaboradores.

No tengo datos acerca de creencias personales de los soldados reclutados por Los Caballeros Templarios —de las devociones de quienes trabajan o trabajaron de halcones o burreros, de los que siembran marihuana o que cocinan metanfetaminas— pero sí algunas consideraciones que se derivan de una lectura cercana de los reportajes y etnografías que existen acerca de devociones entre presos y entre residentes de los llamados “anexos” en que se encierra a los adictos (alcohólicos y/o drogadictos).

De estas devociones podemos decir lo siguiente. Lo primero, en la cárcel, es que la circulación de la droga es consustancial a la condición de preso en las penitenciarías de México. Así, en sus extraordinarias etnografías de la cultura de las penitenciarías en la ciudad de México, Victor Payá muestra una y otra vez la centralidad del consumo de drogas en estos lugares: “La droga”, nos dice, “es la compañera óptima para sobrellevar el encierro, como afirman los prisioneros: ‘una cárcel sin droga no funciona’…”.8 No deja de ser irónico que en México se mande gente a la cárcel porque consumió drogas. Es como si el castigo por tener relaciones sexuales fuese encerrar a la culpable en un prostíbulo.

Aun cuando hayan devociones colectivas en las cárceles de México, y las hay, debido al aislamiento y a la paranoia de la situación carcelaria, las devociones ahí tienen siempre algo de muy individual, cosa que se refleja en la importancia histórica del tatuaje, que era clave en la cárcel más de cien años antes de que el tatuaje fuese una moda urbana. Marcar la devoción en el cuerpo importa en la cárcel porque el preso no es dueño de casi nada, y porque el preso suele experimentar la reclusión como un proceso progresivo de olvido. Usualmente, el preso es abandonado en la cárcel. Los tatuajes sirven para hacer imborrables las experiencias que no dejan ya ningún otro rastro comprobable, pero que no quieren ser olvidados. Entre ellas están también las devociones individuales de los presos: refrendadas en imágenes de Jesús o la Virgen, imágenes del diablo o la Santa Muerte… Estas devociones tatuadas en el cuerpo sirven también para proteger a los presos. La vida de un preso siempre peligra. Una virgen de Guadalupe tatuada en la espalda de un preso puede quizá protegerlo de alguna puñalada o piquete.

En cuanto a los llamados anexos para alcohólicos y drogadictos sabemos por los estudios de Ángela García en México, y los de Kevin O’Neill en Guatemala, que los reclusos —porque están ahí la mayoría contra su voluntad— reciben dosis diarias de religión. Su forma de encontrar a Dios y de salvarse del abrazo mortífero de la droga es precisamente la rutina. Una rutina implacable. En su estudio sobre consumo de heroína entre hispanos de Nuevo México, Ángela García muestra que la droga ahí es vista por los adictos como una medicina o consuelo que compensa por los sentimientos de desposesión de la tierra, de la casa o de la familia. La pérdida de tierra y casa se compensan con la posesión de droga. El adicto sirve a la droga, como sus antepasados servían a la tierra: se entrega a ella; y la droga cura, como cura también la tierra, sólo que la tierra da vida, mientras que la droga es el signo de la muerte por excelencia.

La religión templaria fue también desde sus inicios una estrategia de reclutamiento. Los templarios empezaron a reclutar miembros en los anexos, de entre los drogadictos. Su idea era ofrecer una ruta para terminar con la adicción: la religión de los templarios sería un movimiento que los llevaría de la desposesión (drogadicción), al servicio a la autoridad templaria y del servicio a la posesión. Esta transición de siervo a templario pasa, en su momento, por el asesinato y aun, se dice, por el canibalismo como prácticas iniciáticas. ¿Por qué? Me parece que para los templarios sustraer un adicto de las garras de la muerte era robarle una ofrenda a la muerte; y esa sustracción se hacía a cambio de otras vidas que el salvado iría a cobrar. En esto sí tenemos algo parecido a la “imagen del bien limitado” de la que hablaba Foster: lo que yo gano, tú lo pierdes. La vida que gana el templario que dejó la drogadicción la perderá su primera víctima.

 En este sentido es relevante también el fetichismo armamentista de los narcos, y de los drogadictos, y sobre todo analizar los símbolos corrientes en la narcocultura de las tres clases de hombre: el adicto, el hombre recto pero empobrecido y humillado, y el narco. La jeringa, el azadón y los cuernos de chivo. La jeringa tiene simbolismo de martirio cristiano. Ángela García en su estudio sobre heroinómanos muestra fotos de varias de cruces hechas con jeringas eregidas por amigos y parientes de adictos muertos. El azadón es la profesión honrada, recta, y los cuernos de chivo le pertenecen al diablo. Lo que se toma por la vía del arma es un trago seguro de muerte.

En alguno de sus reportajes, Humberto Padgett ofrece la letra escalofriante de un narcocorrido michoacano que habla en detalle de matar, incluso de cortar cabezas, y que enmarca todo aquello en un lenguaje de reciprocidad negativa, de una maldición que no podrá curarse:

Me caía, me levantaba,
Por mí nadie preguntaba
Huérfano de nacimiento
Mi sangre está envenenada.

Y luego:

Todo es malo en esta vida,
Se disfruta de lo ajeno.
El rico vive del pobre
Y aparenta ser muy bueno.

Si te atacan te defiendes,
Hay que luchar con la muerte
Y al que un día te dio la espalda
Hay que matarlo de frente.

El fetichismo del narco —su amor por la camioneta blindada, por las armas de grueso calibre y por la chapa de oro— marca el poder del dinero sobre la vida. Eso está al centro de la religión de los templarios, sin duda, como está al centro de toda la cultura del narco. Son la esencia misma de la reciprocidad negativa.9 El ganado, la camioneta, etcétera, pero también la manipulación de precios y el asesinato de familias enteras de cortadores de limón cuando un ranchero no paga tributo.

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Fortaleza Annunaki

La religión de los templarios tiene en su centro una enorme contradicción: hay de una parte la pretensión de defender la tierra, lo propio, los orígenes —de preservar el Corazón Salvaje de sus hombres, y de defender el honor y la dignidad de sus mujeres— al tiempo de que hay un ciclo de negatividad, de muerte, que es elevado incluso al gozo sádico.

La Familia Michoacana fue la primera organización de Nazario y de sus compañeros más próximos. Cuando hicieron su primera aparición pública, en 2006, lo hicieron con un acto de terror, lanzando las cabezas de seis zetas al piso de una discoteca en Uruapan. El letrero que acompañaba la prueba cruenta de decapitación reivindicaba el acto como una defensa del honor de la mujer michoacana y, por extensión, de la familia michoacana. Según su mensaje, “La Familia no mata por dinero, no mata a mujeres, no mata a gente inocente, sólo los que merecen morir mueren. Todos deben saber… que esta es Justicia Divina”.

Ser brazo de la “justicia divina” es lo que va implícito en el recurso de imaginarse a sí mismos como “caballeros templarios”, jurados a un código que declara en su primer artículo que el propósito de la organización es “proteger a los habitantes y al territorio sagrado del Estado libre, soberano y laico de Michoacán”.10 Sin embargo, la defensa de la familia y del “sagrado territorio” se consigue, como dice el corrido, “disfrutando de lo ajeno”, a partir de cobros de diezmos o derechos de piso, y aun con gozo sádico que proviene de saberse dueños de la vida de otros, y que es cultivado como rasgo necesario para sicarios y jefes. Sigo, para ilustrar, con el corrido ya citado por Padgett:

Cuando les arranco el alma
Me miran horrorizados
Una mueca terrorosa
Y una sonrisa en mis labios.

No hay, al final, forma de cuadrar el círculo. Los templarios crean una religión que les tendría que permitir volver a sus comunidades, emanciparse de la pobreza y la explotación en la que nacieron, defender a su gente (por esto, jefes como Nazario Moreno y La Tuta tienen bases importantes en sus regiones natales). Pero terminan siendo sirvientes del dinero, adorando la muerte.

Quizá sea esta la razón del curioso nombre que le puso Nazario Moreno al rancho desde donde gobernaba cerca de Apatzingán. El lugar se llama “Fortaleza Annunaki”. ¿De dónde sale este nombre? ¿Qué significa?

Hay acá un detalle más del genio delirante de Nazario Moreno (según me parece). Los annunaki eran un grupo de deidades sumerias —hijos de Anu— mencionados incluso en el poema épico de Gilgamesh.

Como sucede usualmente en lo que a la religión templaria se refiere, la referencia proviene de una fuente popular, los libros best-sellers del autor ruso, trasterrado a los Estados Unidos, Zecharia Sitchin, quien sostiene que la cultura sumeria fue creada por extraterrestres de un doceavo planeta, llamado Nibiru. Según Sitchin, los annunaki se habían rebelado frente a sus condiciones laborales en Nibiru, y habían venido a la Tierra para crear una raza de esclavos, los homo sapiens, que hicieran todo el trabajo pesado necesario en las minas de oro.

Esa raza de esclavos provenía en parte del homo erectus, y en parte de genes de los extraterrestres annunaki. Por esto hay entre los humanos personas que median entre la fuerza cuasidivina y superior de los annunaki y el resto de los humanos. Estos seres superiores, mediadores y representantes de la cultura elevada de los annunaki, son reyes por derecho divino.

Los libros de Sitchin vendieron millones de ejemplares. Es seguro que El Chayo leyó al menos uno. Y es posible también que haya revivido las ideas de Sitchin por otros medios —existe un videojuego llamado The Conduit (2009) que se inspiró en las ideas de Sitchin, y hay algunas películas también inspiradas en aquello.

La idea de llamar su casa, que era el lugar en que recibía a templarios y políticos, empresarios y súbditos, y el lugar en que se hacían los ritos de iniciación a la orden del Temple, Fortaleza Annunaki sugiere que en algún momento de su trayectoria Nazario Moreno y los suyos comenzaron a verse como pertenecientes a un género de humano superior, merecedor de que los demás fuesen sus esclavos. Hay aquí una ideología netamente aristocrática, que ve en los demás a sus siervos. Y a la cabeza de este delirio ideológico, un rey santo, como Ricardo Corazón de León, o como Arturo. Este imaginario estamental quedaba sugerido en lo poco que sabemos de la vida ritual de la Fortaleza Annunaki.

La revista Proceso reporta cómo eran estos eventos a los que acudían por igual políticos, vendedores del mercado y elite templaria:

Las citas se realizaban en un rancho propiedad de El Chayo conocido como La Fortaleza de Annunaki, con una extensión de siete hectáreas, ubicado cerca de Guanajuatillo, Apatzingán. …En las reuniones participaban el jefe de plaza del municipio a tratar, así como otros líderes de Los Caballeros Templarios tales como Servando Gómez, La Tuta, y Enrique Kike Plancarte, los principales brazos ejecutores de El Chayo

Los encuentros de negocios con los funcionarios incluían además espectáculos para los “invitados”, rodeo, actos de magia, juegos de mesa, lidias de toros y eventos deportivos donde se servían diferentes bebidas alcohólicas y buffet de platillos regionales.

En el rodeo El Chayo salía sentado sobre un trono que era cargado en hombros por sus subalternos; vestido con una túnica roja o de otros colores, además de una corona con brillantes en la cabeza.11

Nacida de una idea de reivindicación personal, de rescate de la familia, y de rescate del terruño, la religión de los templarios se fue transformando en una ideología de matones, hombres que se consideraban de un temple superior y, al final, merecedores de ser los amos de Michoacán.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Su libro más reciente es El regreso del camarada Ricardo Flores Magón.


1 “Two Mexicos”, The Economist, 19 de septiembre de 2015.

2El Chayo, santo patrono de la tierra caliente”, Proceso, 4 de agosto de 2012.

3 Transnational Care Constellations: Mexican Immigrant Mothers and their Children in Mexico and New York City. Tesis doctoral, Teacher’s College, Columbia University, 2015.

4 Helena Simonett, Subcultura musical: el narcocorrido comercial y el narcocorrido por encargo, CMHLB Caravelle, no. 82, 2004, p.181.

5 Ídem.

6 Nazario Moreno González, Me dicen “el más loco”, Estudios Fotográficos Universal de Fran Tonebaum, México, 2011.

7 Humberto Padgett, “Nazario, el apóstol del crimen.” Revista Emeequis, 16 de abril de 2012.

8 Vida y muerte en la cárcel: Estudio sobre la situación institucional de los prisioneros, UNAM, México, 2006, p. 157.

9 Ver Claudio Lomnitz, “Acerca de la reciprocidad negativa”, Revista de Antropología Social, no. 14, Madrid, 2005, pp. 311-339.

10 Código de Los Caballeros Templarios de Michoacán, impreso, sin fecha ni título de imprenta, 2011.

11 “Con trono y corona, ‘El Chayo’ daba órdenes a autoridades en ‘El Cerro’”, Proceso, 20 de abril de 2014.

 

3 comentarios en “La religión de Los Caballeros Templarios

  1. ¡Espléndido! Un trabajo de un académico de la calidad a la que nos tiene acostumbrado el doctor Claudio Lomnitz.

  2. Deben de leerlo los encargados de las políticas y seguridad de este país; lo felicito excelente…articulo e investigación

  3. Muy buen artículo. Me parece Que el gobierno no es ajeno a todos estos comportamientos de las células de narcotraficantes…Sólo que es un negocio del que no se van a desprender porque es quien suministra los recursos a los políticos .