LOS NIÑOS HÉROES O EL OLVIDO

POR ERNESTO FRITSCHE ACEVES

Eran las seis de la mañana del 13 de septiembre de 1847 cuando un centenar de vigorosos jóvenes, atentos a cuanto ocurría a su alrededor, recibieron una orden apremiante: “abandonen el castillo”. La confusión fue general, unos se miraban consternados y otros más reflejaron en su rostro una alegría disfrazada de obediencia. Acatando la orden, casi la mitad de ellos se marchó en silencio.

Chapultepec lucía en ruinas: su majestuoso castillo destrozado por los bombardeos se preparaba para resistir el asalto del ejército invasor estadunidense mientras que el general Winfield Scott observaba los movimientos de sus tropas desde Tacubaya, sabiendo que una vez tomada la fortaleza quedaría abierto el camino hacia el centro de la Ciudad de México.

Por un momento la artillería estadunidense suspendió el fuego y a las ocho de la mañana inició el avance cuesta arriba. Unos siete mil soldados atacaron ventajosamente al general Nicolás Bravo, quien sólo disponía de 832 hombres repartidos en el cerro. El general Mariano Monterde, director del Colegio Militar, coordinó al medio centenar de alumnos que desafiaron la orden de evacuar el castillo. El general- presidente Antonio López de Santa Anna envió como único apoyo al Batallón Activo de San Blas, después de haber ignorado todas las peticiones de auxilio de Nicolás Bravo. Tanto el Batallón como su comandante, el coronel Santiago Felipe Xicoténcatl, fueron destrozados por el enemigo.

En las alturas la batalla duró apenas dos horas. A las diez de la mañana las tropas de los generales Pillow, Quitman y Worth se hicieron del castillo, no sin antes advertir que muchos soldados mexicanos de la Guardia Nacional desertaban acobardados de sus puestos, mientras que los cadetes del Colegio Militar se mantuvieron firmes hasta el final. El arreo de la bandera del castillo por parte de los norteamericanos marcó el desenlace de aquella jornada.

A 154 años de este hecho de armas recordamos algunos de los nombres de quienes arriesgaron sus vidas para defender su país, desobedeciendo una orden que bien los ponía a resguardo: Andrés Mellado, Hilario Pérez de León, Agustín Romero, Lorenzo Pérez Castro y Agustín Camarena resultaron heridos en el combate. Varios más sobrevivieron sólo para ver con tristeza cómo su patria era desmembrada con los tratados de Guadalupe-Hidalgo. Algunos otros llegarían a descollar en la cultura y la política de su tiempo e incluso hubo un futuro presidente del país entre los cadetes defensores del castillo, Miguel Miramón.

Pero la historia es un juez rigorista: sólo concede el oro a quienes dan su vida a cambio. Los que sobreviven, aunque su conducta sea encomiable, son relegados a un segundo plano. Chapultepec ha quedado sólidamente unido a seis nombres. Nuestros Niños Héroes son el símbolo por excelencia de aquella gesta histórica, hundiendo en el olvido al resto de sus compañeros. Extensa es la historiografía que ha exaltado la actuación exclusiva de ellos: se nos dice que Juan de la Barrera era el mayor de los cadetes y murió valerosamente combatiendo al pie del cerro. Fernando Montes de Oca fue acribillado al saltar por una ventana. Agustín Melgar murió por las heridas recibidas intercambiando disparos parapetado detrás de unos colchones. Vicente Suárez logró matar a dos norteamericanos antes de ser acribillado. Francisco Márquez era el más pequeño —tenía trece años— y su cuerpo fue encontrado al pie del cerro. Juan Escutia es indudablemente el más glorioso héroe de la gesta al haberse envuelto en la bandera y morir saltando al vacío para salvarla. Esto es, de manera específica, la información que hoy circula en la conciencia colectiva.

Edmundo O’Gorman afirma que la historia es hija de la invención y esto se puede constatar fielmente con los cadetes de Chapultepec. Imaginación y épica se mezclan en este mito histórico-patriótico. Nuestro castillo es un “santuario” como lo es El Alamo para los texanos. Pero más allá del mito está el rigor de los archivos, de los documentos que sustentan o desmienten las creencias en los héroes nacionales.

Conocerlos, interpretarlos y difundirlos es tarea fundamental, no tanto para destruir la imaginación cívica sino para mostrar el lado humano de quienes han sido considerados estatuas sagradas e intocables.

Aquel 13 de septiembre pelearon algo más de seis cadetes: las listas de combatientes, heridos y prisioneros lo demuestran. Sin embargo, en los archivos militares sólo se destaca el celo con que se custodian los expedientes de los Niños Héroes, que poco o nada nos revelan sobre la actuación de ellos en combate.

Tampoco en los partes militares rendidos días después de la batalla, oficiales mexicanos o norteamericanos dan fe de algún hecho específico atribuible a los seis famosos personajes. No obstante, la imaginación nos arroja al vacío junto a Escutia con su bandera desgarrada. Irónicamente, no hay en los archivos militares un sólo documento que compruebe siquiera la estancia de este joven como alumno del Colegio Militar antes de la toma del castillo. Lo que sí existe, para dolor de quienes tienen fe ciega en el mito, es el informe del general Pillow en donde nos afirma que el mayor Seymour del 9° regimiento arrió la bandera mexicana de su asta.

¿En dónde surge entonces el mito? En el tiempo, en el discurso conmemorativo, en el homenaje…, en el olvido de los sobrevivientes, que pelearon con igual valor y entrega que esos seis afortunados que murieron. Afortunados no tanto por haber asegurado su lugar ilustre en la historia, sino porque no sufrieron el dolor y la vergüenza de ver su patria derrotada. Los sobrevivientes, además del olvido, tuvieron que afrontar en vida el trauma de ver a su país mutilado. José Tomás de Cuéllar, escritor y combatiente en Chapultepec, expresó esa desilusión que provoca la injusticia de la memoria histórica (“A los Mártires sin nombre”, en El Correo de México del 17 de septiembre de 1867).

….¡Ay! Ni la Patria no sólo ha encontrado

 En ese campo, insignias, una espada Del jefe graduado:

Entre soldados, nada… La fama eligió a los generales;

y los demás fusiles son iguales… n